Dicen que saber reírse de uno mismo es una gran virtud. Hacer dulces, para mí es una excelente oportunidad.
Para lo salado no hay problema. Un puñado chico, grande o mediano de esto o de lo otro; funciono según un infalible ojímetro. Y si uno la embarra, generalmente las cosas tienen arreglo ( a no ser que algo realmente se te carbonice en el horno).
La repostería, valga el cliché, es la ciencia en la gastronomía. Una cosa exacta, rígida, incapaz de criticarse a sí misma, que se proclama dueña de la verdad. Me exasperan que todo tenga que ser en gramos y con los minutos contados. Mejor que los chinos inventen un robot luego.
Sin embargo, parte importante de la cocina chilena es dulce, y se hace con huevos, harina, azúcar y leche. Me decían "y por qué no pones dulces en el blog, son tan liiiindos, y es más femenino!". Y yo, sacándole el poto a la jeringa decía que no simplemente porque me latea hacer dulces.
Para que vieran que tan bruta no soy, me atreví con esta receta. Cuando saqué la pesa del mueble, no lo podía creer! Estaba bien cachuda la pobre... no sabía si era cierto o la estaba agarrando pal leseo no más.
La receta es esta:
Y es de este libro: Cocina Popular de Mariana Bravo Walker, edición del año 1981.
Tenía que partir con el famoso volcán de harina. Obviamente, se me olvidó cernirla. Ya tenía el volcán hecho cuando me acordé. Mala suerte no más.
Se supone que los huevos (batidos con el agua y el vinagre) y la manteca (derretida pero fría) tenían que caer dentro del volcán. Obviamente, cayeron fuera. No sé cómo lo logré.
Por fin la parte fácil, dije yo, ¡amasar!
¡Pero la masa era dura! ¡¡¡¡Era lo más difícil!!! Puse hasta un reggeatón para que me diera rabia y amasar con más fuerza. La receta decía "amase hasta que suene". Me imaginaba el sonido, incluso, porque ya lo había escuchado otras veces, en otras masas. En este caso, estaba lejos de suceder tal mágico acontecimiento. La masa estaba dura, seca, y no decía ni pío.
De pronto, una alcachofa me dio directo en la cabeza. Le puse agüita de a poco y ahí fue cediendo.
Al final la muy sonó. Poquito porque era tímida, pero sonó. Hizo prt. Eso fue todo. Un sólo y único prt.
Al otro día le preguntaba a mi abuela, y me contaba que en las recetas antiguas decía "amase hasta que se pee". La masa, claro está. Veo difícil que hoy tal instrucción venga en recetarios Paula o Ya.
Después de descansar un ratito, venía la parte en que se usa el eterno instrumento de dominación masculina: el uslero. Esto es más fácil y entrete, así que no tuve problemas. Había que dejar la masa bien delgada eso sí, de unos 2 o 3mm de espesor. En realidad, es como el sentido común le diga a usted que debería ser la tapita de un alfajor.
La masa se corta con un cortapastas, pero como no tengo, lo hice con un vasito "de corto". No los quise hacer muy grandes (para que salieran más)
Los puse en la lata del horno eléctrico, porque en el de gas la temperatura no la sé controlar muy bien.
Después hice las lanchitas, sólo para aprovechas las claras de las yemas que había usado para la masa. Se cortan con un cortapasta o con cuchillo no más. La idea es que queden ovaladas con dos puntas, como una hojita, pero algunas me quedaron con la punta cortada.
Chacháaaaan. Había que tener cuidado. En 8 minutos ya estaban, en horno a 200 grados, más o menos. Una pasada se me quemó completamente, por andar tuiteando no más!
Las lanchitas a punto de zarpar...
Y luego de su viaje por el averno.
Aquí, rellenándolas. Como el manjar no quedó demasiado espeso, lo puse al refrigerador mientras preparaba el resto de las cosas para que endureciera un poco.
Mientras, hice el merengue. La receta estaba en el mismo libro: se hace con almíbar de pelo con vainilla, y al final se le agregan dos cucharadas de azúcar flor.
Después, a dedo no más, les puse el merengue a las lanchitas, cuidando de tapar todo el manjar.
Metí las lanchitas al horno muy muy suave, para que el merengue se endureciera. Saqué las hojarascas que ya estaban listas, esperé a que se enfriaran en la ventana y las rellené.
Estaba ricos! Crujientes!
Sin embargo, tenía la sensación de que faltaba algo. Era muy sospechoso que me estuviera saliendo todo tan bien. Una sensación de "esto no es real" se apoderaba de mí. En eso, se me ocurre mirar las lanchitas. Las miro y de cada una brotaba una gran burbuja de manjar, como si fuese un geiser dulce con vida propia, un evento de la naturaleza frente al cual nada podía hacer, salvo resignarme y empezar todo denuevo.
Las dejé enfriar y al final las comimos igual. La lata es que el manjar se les había escapado.No había querido andar en lancha.
A las lanchitas de la segunda vuelta las dejé con el horno muy muy muy muy muy muy muy suave, y no les pasó nada. Así se aprende; nada que hacerle.
Y por fin, pude contemplar en pleno el resultado de tantos transpires, sufrimientos y vacilaciones. Lástima que duraron tan poco. La comida es la única obra de arte que está hecha para desaparecer, dicen por ahí.
Así que cuando se atrevan, me avisan y me invitan a probar, porque lo que es yo, no los pienso hacer denuevo!
Saludos a todos... "tralalá"









Tanto me carga hacer reposteria que ni los dulces me gustan ahora!
Muy entretenido tu articulo Isi. ¿Cuando la Torta de Milhojas? xD
Abrazos y dulces sueños patacheros.
Felipe Vivanco
Ahí mismo en la receta, en el libro, dice que con la misma masa, y haciendo discos más grandes, se puede hacer la Torta de Hojarascas, que creo que no es la misma que la de Mil Hojas. Parece que la masa de la de Mil Hojas es más mantequillosa, y ésta es casi pura yema.
Voy a ver si algún día me animo.... te confieso que me estresa el asunto de los dulces!!!
no me gusto muy desordenado y el manjar no estaba en su punto UN 2